No esperes un blog de esos lleno de textos preciosos escritos por mí.

Esto es mi forma de desahogarme. Si te gusta, guay. Si no, ahí arriba hay una X roja bien bonita.

23 de abril de 2013

– Trenzas…
Y sé que la cuesta horrores. Casi he podido oír el crujir de otra parte de ese muro suyo que se cae. Son unas palabras importantes y ella sigue sin fiarse de mí, pero yo la miro sincero, sabiendo en que tampoco me fio demasiado. O sí… no lo sé. Pero estoy contento de que se ponga nerviosa y que se enfade conmigo por “obligarla” a que me diga lo que siente a la cara, sin nada que se interponga entre nosotros y respira hondo, mirándome a los ojos para ver estoy hablando enserio. Pero yo no bromeo y ella, suspira.
– Te odiaré por esto…
– … ya lo haces.
– Más… lo haré más.
– Bien entonces. Ya sabes lo que opino yo de ese odio tuyo…
– Sí, sí…– y mueve las manos imitándome– odiar sólo lo que se merece que odies y eso de que el odio es un sentimiento muuuy ardiente.
Entonces yo sonrío, contento de que mis palabras hayan hecho mella en ella, aunque sea un poco. Y entonces suspira otra vez y yo me siento en la cama esperando, dejándola tiempo.
– Trenzas, yo…
– …¿sí?
Y se vuelve a callar.
– Joder. No puedo hacerlo si me miras así. No puedo, ¿vale? Joder– y sí, cuando se pone nerviosa las palabrotas aumentan– ya lo sabes. Lo sabes todo. Y si me obligas a decírtelo, me enfadaré y…
– No te obligo, te lo pido por favor. Yo no te suelo obligar a nada salvo a que te calles de vez en cuando…– Y agacho la cabeza. No puedes obligar a nadie a decirte te quiero, ¿no?

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